miércoles, 25 de junio de 2014

El cordel

Cortó el último hilo que los unía. Sin previo aviso, sin una palabra, siguió adelante sin avisar. Cuando ella se dio cuenta, solo quedaba un pedazo de cordel en otra dirección. 
En aquel momento se sintió desamparada y triste. Estaba sola, se había quedado atrás y ahora no sabía seguir sin él. Se hizo un ovillo para no dejar el cabo suelto y terminó atándoselo en el cabello. 




Iba cambiando el ovillo según su estado de ánimo, unas veces lo dejaba suelto y se enredaba con otros cordeles solitarios; en otras ocasiones se agarraba muy fuerte a su hilo, ya sin pena y bailaba según le venía en gana. No necesitaba a nadie que guiara sus pasos. 

Con el paso de los días, el pedazo de cordel formó parte de su cuerpo, iban conociéndose y ya no se dejaba enredar por nadie que ella no quisiera. Aprendió a quererse a sí misma y no dejar que nadie cortara ni una hebra, ni destrozara sus sentimientos sin palabras. Dejaba espacio en su ovillo a los que no la hacían daño, los que la amaban, y con rápidos movimientos se desliaba de los que la oprimían. 
Creía que no había sitio suficiente en un ovillo; pero se dio cuenta que con la felicidad se ensanchaba. El amor, el de verdad no como aquel que cortó su cordel, deja y da espacio, con la libertad de ser cada uno.

En algún momento encontraría el extremo del hilo que combinara perfectamente con el suyo. Cuando se unan, no se verán ni los cortes, ni los extremos. Las hebras de ambos se entrelazarán cosiendo cada herida. 




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