En aquel momento se sintió desamparada y triste. Estaba sola, se había quedado atrás y ahora no sabía seguir sin él. Se hizo un ovillo para no dejar el cabo suelto y terminó atándoselo en el cabello.
Iba cambiando el ovillo según su estado de ánimo, unas veces lo dejaba suelto y se enredaba con otros cordeles solitarios; en otras ocasiones se agarraba muy fuerte a su hilo, ya sin pena y bailaba según le venía en gana. No necesitaba a nadie que guiara sus pasos. Con el paso de los días, el pedazo de cordel formó parte de su cuerpo, iban conociéndose y ya no se dejaba enredar por nadie que ella no quisiera. Aprendió a quererse a sí misma y no dejar que nadie cortara ni una hebra, ni destrozara sus sentimientos sin palabras. Dejaba espacio en su ovillo a los que no la hacían daño, los que la amaban, y con rápidos movimientos se desliaba de los que la oprimían.
Creía que no había sitio suficiente en un ovillo; pero se dio cuenta que con la felicidad se ensanchaba. El amor, el de verdad no como aquel que cortó su cordel, deja y da espacio, con la libertad de ser cada uno.
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Precioso
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