“Cortar
en juliana, sofreír las verduras, reservar”… seguía la receta al pie de la
letra, las de su madre primero y ahora
las de su suegra, así lo exigía él. Era más fácil no pensar, no cuestionar las
cosas, actuar como un autómata. Con el paso del tiempo se cansó de luchar y se
limitó a seguir sus instrucciones.
Hasta hace unas semanas cuando algo se le
quebró por dentro al tiempo que él terminaba de destrozar su amor propio. Algo
hervía de nuevo en su in
terior. Llegaba
tarde a la cena, como siempre y eso sólo servía para macerar sus ideas; su
mente ya no podía dormir.
— ¡Te dije que no me llames cuando estoy en el
bar!—gritó al entrar — ¿Qué es esto?, si
no sabes cocinar— escupió las palabras con desprecio al ver los fogones llenos.
— Nuestra
última cena— dijo ella solemne. Cogió su delantal y se largó sin miedo.

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