sábado, 23 de agosto de 2014

"Atrévete"



Como cada día, a la misma hora, iba al bar de enfrente de su oficina. Allí siempre se pedía lo mismo: un café con leche, largo de café y corto de leche, con dos sacarinas. Se sentaba en la mesa del fondo con un libro como única compañía y tomaba muy despacio su bebida. Era un hombre rutinario. Cualquiera que le mirara, podía observar que llevaba la mala racha escrita en el rostro, los ojos tristes, la mueca por sonrisa y hasta la tez cetrina; nada que invitara a los demás a acercarse, una sombra se cernía de forma espesa y constante.

Juan, llevaba meses enamorado de la chica del móvil rojo. Siempre la miraba desde su mesa, levantando la vista por encima de su libro. Ella se ponía al otro lado del bar, su sonrisa, sus ojos brillantes y su risa se metían en su cabeza. Todo lo que había cerca de ella se volvía luminoso. Le atraía como las polillas a la luz por eso se había convertido en un habitual del lugar. 
Llevaba días preparándose para decirle algo, pensaba que si la sacarina caía cerca del borde de la taza, hablaría con ella. Nunca pasaba, la sacarina caía irremediablemente en el centro justo; su mano nunca se desviaba hacia el borde; era un obstinado, no se dejaba hacer trampas.
Hoy era un día de esos en los que caminaba sin ganas, arrastrando los pies llegó al bar. Un día más sin ánimo que no parecía que fuera a mejorar. Ella no estaba. 
Maldiciendo su mala suerte se adentró en el bar y se fue a su sitio. Sobre su mesa había mucho azúcar desparramado con una palabra escrita entre los gránulos. Levantó la vista y la vio entrar. 
 La luz que irradiaba parecía que se le acercaba disipando la neblina de su alrededor. Cuando se sentó en la mesa sus ojos se tornaron brillantes, la felicidad le cambió el rostro, la sombra se alejaba de él. 
Dejó el libro en la mesa mientras seguía con un dedo la sinuosa palabra entre el azúcar. "Atrévete". Se puso de pie y este inusual comportamiento hizo que el resto de los parroquianos le miraran extrañados. Menos Valeria que le miraba fijamente desde el otro lado, sonriendo hacía él.  
Su suerte había cambiado, era la señal que necesitaba. 




lunes, 4 de agosto de 2014

Visita nocturna

Nunca lo hubiera imaginado; has decidido volver, estás aquí  después de cómo te eché de mi lado, de mi cama. Nunca me lo perdonaré, quédate”—susurraba—mientras le abrazaba y hundía su cara entre su pelo. Por fin sentía ese amor incondicional que le brotaba de lo más profundo de su ser.
Todos los días a la misma hora, Eva oía un ruido en su ventana, una especie de llamada, de quejido o lloro, “las casas de esta antigua corrala no dejan tranquila a la soledad, hasta los muros se afligen”, solía decir de aquel sonido. Nunca se decidía a mirar a través del cristal, unas veces porque era invierno y le daba pereza levantarse y otras porque estaba muy cansada y prefería quedarse bajo las mantas. Aunque la verdadera razón es que le daba pavor enfrentarse a la oscuridad de la noche, a la estúpida posibilidad de que una teja se cayera e impactara en su cabeza.

Una noche de verano, cuando los termómetros marcaban más de 35º y no podía dormir, dejó la ventana abierta esperando que la corriente refrescara algo el ambiente. Se durmió con un libro bajo la almohada y una sonrisa en el rostro. Dormía tan profundamente cuando llegó la hora, y se oyó el lamento que no se despertó. Seguía en el mundo de los sueños, por lo que no se percató de que él se deslizó por la abertura del muro, para entrar en la estancia. Tenía mucho equilibrio, pero sin darse cuenta tiró un cenicero del poyete con gran estruendo, ¡Crash!  Eva, se incorporó, abrió los ojos con desmesura y le vio. Sus miradas se clavaron el uno en el otro, y no pudo ahogar el grito de terror que salía por su garganta. A tientas buscó el libro y se lo lanzó con intención de darle,  pero era muy ágil y rápido y saltó a los pies de la cama desde el alfeizar. Volvieron a mirarse, esta vez Eva descubrió el alma pura y solitaria que habitaba en aquel gato negro, en ese instante algo se quebró y ablandó el corazón cerrado por los desengaños. Fue a cogerlo pero no pudo alcanzarlo, con maestría salió por la ventana. Las noches siguientes esperaba despierta, pero no volvió… hasta esta noche.